sábado, 28 de febrero de 2009

Personajes celebres II: Edward Sheriff Curtis

A lo largo del siglo XIX, las tribus indígenas de los Estados Unidos fueron acorraladas y expulsadas de sus territorios, a medida que los colonos necesitaban más tierras para los cultivos y la crianza de ganado. Los “scouts” del general Custer se convirtieron en una leyenda, en una época donde matar indios era llevar el supuesto progreso. De esa manera, se fueron aniquilando con una absoluta deshumanización buena parte de las etnias originarias de Norteamérica.

El cine de Hollywood ha glorificado aquellas campañas, justificando semejantes crímenes y dando una idea de que el pensamiento era uno y en un solo sentido: “El indio bueno es el indio muerto”.

Felizmente, Nunivak, Navaho, Sioux, Assiniboin, Yanktonai, Yakima,
Kutenai, Wishhan, Jicarilla Apaches, Apsaroke, Piegan, Kalispel, Nez Percé, Mohave, y tantas otras fueron las tribus que lograron sobrevivir en alejadas “reservas”, resistiendo culturalmente la invasión caucásica.

A fines del siglo XIX, un sutil movimiento comenzó a surgir, que pretendía urgar en el pasado inmediato y tratar de comprender a los indígenas, junto al deseo de registrar los modos de vida de grupos sociales cuya existencia se creía en franca desaparición. La etnografía y la antropología, nóveles ciencias sociales, tomaban como objeto de estudio a los pueblos, sus tradiciones y hábitos. La obra del italiano Guido Boggiani en el Chaco o la del estadounidense Adam Clark Vroman sobre los indios del Sudoeste de los Estados Unidos, se inscriben en ese contexto y se diferencian claramente de otros trabajos anteriores, donde los indígenas servían apenas como modelos para postales ya que se buscaba explotar el carácter pintoresco de su existencia.

Fue en ese contexto que Edward Sheriff Curtis realizó el proyecto documental más vasto, completo y profundo de la historia referido a los indios. Durante 27 años, entre 1907 y 1930 llegó a publicar veinte volúmenes, cuidadosamente impresos con “fotograbados”, de la serie “The North American Indian”, acompañados de otros 20 tomos de textos. Obra monumental –aún no superada y difícilmente lo sea–, con una calidad estética y formal en la que se dan la mano el documentalismo y el pictorialismo. En Curtis, el arte alcanza ciertamente un nivel notable sin renunciar a la función eminentemente social de la fotografía, que es dar cuenta del hombre, su cultura y el medio en el que se desenvuelve.

De alguna manera, la obra de Curtis supone la despedida del siglo XIX ante el nacimiento del nuevo siglo, donde el pictorialismo, acaso el primer movimiento realmente artístico de la fotografía, se separa de su condición esencialmente romántica sin renunciar totalmente a ella y abraza la causa del documentalismo. Después de todo, su tema son los indios en su propia tierra, con sus ropas, costumbres y rostros.

Una vida dedicada a los indios

Edward había nacido en 1868 en Wisconsin; era el segundo de cuatro hijos del Reverendo Johnson Sheriff Curtis y de Ellen. La familia había quedado en la mayor pobreza como resultado de la Guerra Civil. Después de terminar la escuela primaria consiguió un trabajo como aprendiz en una casa de fotografía, donde revelaba y hacia las copias. A las desgracias de las consecuencia de la guerra se sumó la deteriorada salud de su padre, quien decidió cambiar de ciudad buscando un clima más agradable y es así que se mudaron a una localidad próxima a Seattle, en el Estado de Washington pero, casi inmediatamente, falleció. El joven Edward y una de sus hermanas se convirtieron en el sostén de la familia, realizando trabajos en el campo.

En 1890 pudo comprar una nueva cámara (la primera se la había regalado su padre y era para realizar vistas estereoscópicas) y abrió un estudio de retratos. Estaba en los inicios del pictorialismo, así que Curtis adhirió al movimiento que impulsaban desde Nueva York los miembros de la Photo-Secession y comenzó a producir imágenes de carácter romántico donde el interés casi exclusivo era estético, constituyendo el tema apenas una excusa. En 1896 la Photographer’s Association of America, uno de los mayores grupos de pictorialistas, le otorgó una medalla de bronce en reconocimiento a su trabajo. Para entonces, estaba casado con Clara Phillips, con quien llegó a tener cuatro hijos.

Los historiadores coinciden en señalar que un hecho trascendente en su vida y que produjo un cambio sustancial en su obra, fue su participación como fotógrafo de la expedición a Alaska organizada por el naturalista Hart Merriman, la que también integró George Bird Grinnell, un especialista en las culturas indígenas. Dos años después, participó en una segunda expedición, realizada por Grinnell, para documentar tribus de indios del Estado de Montana.

Antes, Curtis había fotografiado a indios en las proximidades de Seattle, pero atraido sólo por el carácter pintoresco de sus vestimentas y modos de vida, de la misma manera como en la actualidad algunos aficionados abordan ciertos temas llevados sólo por el deseo de obtener premios en los concursos. Con Grinnell, en cambio, aprendió el carácter sistemático y la metodología de trabajo para generar una obra legítima que resulte como la verdadera expresión del sujeto de su estudio.

A partir de entonces, las tribus se convirtieron en su principal motivación, no ya como sujetos aislados o interesantes por su exotismo, sino como una valorización de su cultura en términos más amplios y profundos. Ese interés fue acompañado de una gran repercusión en la sociedad, por lo que sus fotos comenzaron a ser publicadas y expuestas, era invitado a dictar conferencias y, en pocos años, se convirtió en una celebridad. Sin embargo, la continuidad de su proyecto, que demandaba gastos en viajes, materiales sensibles y en su propia necesidad de subsistir, no era posible realizarlo en base a su esfuerzo individual.




Obra por suscripción
El presidente Theodore Roosevelt lo apoyó y John Pierpont Morgan, quien era uno de los hombres más ricos del mundo pero, además, un gran bibliófilo, decidió financiar el trabajo de Curtis. Pasó a convertirse en uno de los proyectos editoriales más importantes del siglo XX, cuyo plan original era la publicación de 25 libros y portfolios que se ofrecían por suscripción al valor de 3.000 dólares cada uno, verdadera fortuna para aquellos años. En rigor, el término “portfolio” para cada una de esas carpetas no es el más adecuado, ya que no se trataba de copias originales en papel fotográfico sino de impresiones con el sistema de “photogravure”, proceso de transferencia de tintas que produce impresiones de muy alta calidad.

Por su parte, Edward Curtis recibiría la suma de 75.000 dólares que iría recibiendo a razón de 15.000 dólares por año a lo largo de un lustro, comprometiéndose a entregar 25 grupos de portfolios y libros así como 500 copias originales en papel.

En 1908 salieron los dos primeros tomos y de los 25 planificados originariamente se publicaron 20, el último en 1930 pero, para entonces, sólo quedaban 200 suscriptores.

Aunque la obra no se terminó como se esperaba (la crisis económica fue determinante en este aspecto, con el crack de la Bolsa en octubre de 1929), igualmente el trabajo desarrollado y los ejemplares publicados constituyen el mayor ensayo de la historia referido a los indios. Llegó a realizar 40.000 placas, muchas de ellas en vidrio en gran formato, de 35 x 42 cm, las cuales después eran copiadas por contacto. Los veinte tomos incluyen cerca de 2.200 fotografías.
El pasado en el presente

Beaumont Newhall, en su “Historia de la Fotografía”, hace una comparación con el otro gran retratista de las culturas indígenes, Adam Clark Vroman, que si bien lo precedió en pocos años son contemporáneos. Dice: “Si su obra carace de la objetividad directa de Vroman, eso se debe en parte, a una diferente actitud. Para Vroman, los indios eran un pueblo vivo, cuya forma de existencia él admiraba y tuvo el privilegio de compartir; para Curtis, el indio, en cuanto a nación, era “la raza que desaparece” y cuyas antiguas maneras, costumbres y tradiciones debían quedar registradas antes de que se desvanecieran”.

Lo cierto es que Curtis construyó muchas de sus tomas haciendo posar a los indios de tal manera de otorgarles un carácter épico y así demostrar que eran una cultura fuerte y en desarrollo, llegando incluso a pedirles que se vistieran con ropas que guardaban de sus antepasados pero que ya no integraban el ajuar diario, sino que estaban reservadas únicamente para algunas festividades religiosas.

Si apreciamos aún más las sutilezas de su trabajo, advertimos cuanto de “Curtis” existe en el actual realismo mágico de algunos autores latinoamericanos, quienes recurren a una recreación mística a través de simbologías imaginadas o reales, pero no tan nuevas.

El más importante de sus biógrafos, Christopher Cardozo, menciona, a modo de epílogo, que cuando falleció en 1952 a la edad de 84 años, el “The New York Times” le dedicó un obituario de apenas 64 palabras. El y su obra habían sido olvidados.

Recién en la década de 1970, los historiadores comenzaron a rescatar su trabajo y en poco tiempo la posesión de sus originales pasó a ser motivo de disputa entre los coleccionistas. En Christie’s, la selecta casa de subastas de arte y antigüedades de New York, su obra cotiza al mismo nivel de Julia Margaret Cameron, Walker Evans, Edward Weston, Ansel Adams, Man Ray o André Kertész y Edward Steichen, para mencionar a los autores más renombrados. Su obra “Chief of the Desert, Navaho”, de 1904 en copia al gelatino-bromuro fue vendida en 15.000 dólares hace 10 años, lo mismo que “A Walpi Man, Hopi” de 1906. O sus photogravures: “Qahatika Girl” de 1907 se vendió en 9.000 dólares y “An Oasis in the Badlands (Red Hawk, Ogallalla Sioux)” en 12.000 dólares.

Aquella feliz conjunción entre el romántico pictorialismo y la naciente fotografía directa (Alfred Stieglitz declara que la fotografía es antes que nada directa, y lo demuestra con “The Steerage” —el Entrepuente— de 1907), hace de la obra de Curtis un modelo revitalizado sobre las naciones indígenas y, aunque sus protagonistas recrean, de alguna manera, lo que habían sido antes de las incursiones de los escuadrones de la caballería del general Custer, terminan por convencernos que cada pueblo debería tener su espacio y que sus valores y sentimientos son tan respetables como el de cualquier otro. La empatía de Curtis hacia los pueblos originarios le condujo a otorgarles ese carácter épico que hoy continuamos admirando.
*NOTA: Si alguien encuentra alguno de los veinte libros de Curtis por favor le agradeceria que me los pasara.*

3 comentarios:

  1. Parece el nombre del guapisimo EDWARD CULLEN , que lastima que no es el.

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  2. no importa que no sea el el real es todo un vampirico galan. chikas por favor nesesitamos comentarios para lograr que este galan vampirico nos escuche .dejen su comentario porfass

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  3. bueno si es todo un galan vampirico y si lastima pero su historia sobre los vampiros me dejo muchas dudas sobre los vampiros espero si existan por que mi busqueda aun no acaban.

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